sábado, 26 de octubre de 2013

RUTINAS

Cada día se levantaba y aseaba. Desayunaba un café poco dulce,  con leche desnatada y galletas, siguiendo un ritual arraigado entre los barros de sus recuerdos más antiguos.  Posaba la taza, llena hasta el filo, sobre la mesa, abría un paquete de galletas y se comía diez. El resto, las apartaba con mimo, escondiéndolas en la esquina del mueble correspondiente. Al día siguiente, abría otro paquete de galletas y procedía de la misma forma. Así, durante los primeros seis días de la semana. Al llegar el domingo, colocaba tras la taza, en filas ordenadas de a cuatro, todos los restos de galletas que había ido acumulando en el mueble de la cocina, y pausadamente las iba mojando en la taza. 
Un domingo lluvioso de niebla suave y otoño reciente, se despertó con el sentimiento de que el mundo se acababa, cuando al comenzar su rutina, descubrió que alguien había juntado todas las galletas de la semana en un mismo paquetito.

2 comentarios:

  1. Y es que la rutina tiene eso.
    Muy bueno tu relato
    Un abrazo

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