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jueves, 9 de enero de 2020

CINCO, CUATRO, TRES, DOS, UNO.


Hay al menos cuatro, no, cinco mujeres que están esperando que deje a mi esposa, dijo,   mientras encendía un cigarrillo. Luego, depositó la ceniza dentro del cenicero y se retrepó hacia atrás en actitud claramente orgullosa  de sus palabras. 
Ella, que si había accedido a tomar algo con él fue por el pasado que los unió hace muchos años, tantos que ya apenas recordaba, intentó no abrir unos ojos como platos y estiró la comisura de sus labios, diciendo, ¡vaya suerte!
La conversación  gravitaba cada vez mas torpemente entre el café con hielo de ella y la cerveza muy, muy fría de él. Luci se enteró también de que a él hay tres cosas que le gustan más que nada en la vida: la comida, la música, y… “ya sabes”. Y marcó en negrita las palabras “ya sabes”, en las que evidentemente pretendía indicar “sexo”. A Luci las evidencias no le gustaban, ni las listas tampoco. Y pensó, con su mejor sonrisa, pero no se atrevió a decirlo, que solo había una cosa que le sorprendía casi más que el movimiento de las estrellas: la postura pretenciosa y ridícula de los hombres maduros, que falsamente seguros de sí mismos, no asumen que son ángeles caídos.

domingo, 14 de abril de 2019

EN BLANCO Y NEGRO

Cuando acabó la guerra volvieron a su casa, vacía, desposeída de muebles y de grano, con las paredes exhalando aliento frío de una mañana de enero, llena de lejanos y  cálidos recuerdos de la familia sentada a la mesa tras una dura jornada de campo.  Habían huido sin nada, y ahora volvían con las manos llenas de más nadas. Muchos, muchos vacíos, y varias penas: asesinados, prisioneros, vejados y humillados. Y esos  vecinos suyos, silenciosos y falsos como alimañas hambrientas, se habían llevado todo lo que poseían entre aquellas cuatro paredes.

Quería ponerle comienzo a aquella insensatez, y no acertaba a encontrar el momento exacto. Recordaba un verano cálido, fructífero y alegre en el cortijo, y que al comienzo, tras el alzamiento, habían matado a su cuñado. Un duro golpe que sin embargo no hacía presagiar los acontecimientos venideros.  Los grandes desastres nunca se ven venir. Después, el hondo dolor por la muerte de su hijo, la desesperada huida hacia otras tierras, la angustia interminable al ver a otro de sus hijos en el frente, la locura por el encarcelamiento de su marido…

Ahora ella, y los que quedaban de los suyos, habían regresado. Y lo habían hecho bajo promesa de que no habría represalias contra los republicanos.

Vestida de negro desde la muerte de su madre, con una madrastra de cuento y un padre trabajador pero ausente, no tuvo una infancia fácil. Ausencias y maltratos hicieron de ella una niña callada, resignada. Se casó sin amor, pero aprendió a querer. Trajo al mundo a tres hijos y dos hijas. Y sabía leer y escribir. Pero ahora todo se había vuelto denso y oscuro, una cueva sin salida, como cuando vivía con la mujer de su padre.

¿Qué más podía ocurrir?
Ocurrió,  que acabada la guerra, dedos acusadores la señalaron y la culparon  de hacer en su casa, antes de que todo comenzara, reuniones en las que se hablaba de política. Dedos de personas que compartían con ella las mismas calles, idénticas migajas de raciones, trabajo y misas;  amigos, vecinos, familiares.
Y hasta 3 veces la llevaron a raparlas a ella y a sus hijas,  o a ella sola. Largas y orgullosas melenas trenzadas, envidia de muchos, objeto de pasiones de otros. Y hasta 3 veces alguien salió en su defensa y se libraron de aquella humillación.
El miedo instalado en su casa, se pegó también a su pelo y a toda su piel, y la cuarta vez que vinieron a buscarla para cortarle la melena, se sentó en un taburete pequeño, se agarró a él y digna como una reina de película sentenció:

-       De aquí no me voy hasta que no me rapéis. ¿Creéis que me importa mucho mi pelo? ¡pensáis que después de matar a mi cuñado, a mi hijo, encarcelar a mi marido y esclavizar a mi otro hijo, que después de habérmelo robado todo, me importa mucho mi pelo!

Y por cuarta vez, se libró, sin motivo aparente, gracias a un juez que pasaba por allí. Salió a la calle con su larga trenza, ya sin dolor y con un vacío que le hizo perder la cabeza en una nube cenicienta y espesa durante varios meses.


Será por eso, por tanto sufrimiento, por tanta amargura negra, que a mi bisabuela María, y a sus dos hijas siempre les gustó vestir de colores vivos y alegres.



14 abril 2019

miércoles, 29 de noviembre de 2017

RONDA DE RECONOCIMIENTO

El rojo manchaba las aceras y los llantos corrían por las callejuelas. Fuimos a la plaza del pueblo a reconocer a los nuestros. Los dispusieron todos en fila, como una tanda de melones para vender, desnudos y ensangrentados. Irreconocibles.  Yacían quietos, sumisos,  en aquel lugar que tantas veces habían frecuentado alegremente para buscar jornal. Así lo relataba mi abuelo una y otra vez.
Se pasearon al lado de cada cuerpo, uno por uno, hasta siete, con una paciencia que gemía desesperación, con la esperanza de no descubrir nada familiar en ellos. Sangre, miembros amputados, barro y heridas inflamadas lo ocultaban todo. Los habían reclutado a la fuerza de entre el polvo y las azadas, en plena siega de agosto. Ignorantes y pobres, críos la mayoría, habían caído en el  Peñón de la Mata luchando con la misma fuerza que empleaban en las tierras del secano, pero por mucho menos sueldo.
-        - Este es el vuestro. Tu hermano era muy velludo.
Antonia la Loya, cuya preferencia por hombres con miembro grande era  conocida, lo dijo como una profecía, rotundamente, como algo que aún no había ocurrido pero que era irremediable.
Una oleada de angustia contenida cayó sobre ellos, y las rodillas cedieron a su peso. Estaba sucio, aún no parecía él. A falta de agua, su propia saliva y un pico de la falda de su hermana sirvió para limpiarle tímidamente la cara, descubriendo, poco a poco,  como si estuvieran dibujando en la arena, sus cejas espesas, la nariz, el lunar de su mejilla…
Mi abuelo no pudo asistir al entierro de su hermano. Ese mismo día lo llamaron a filas. Estaba asustado, el miedo le impedía llorar su muerte y en su cabeza solo rondaban dos ideas: quien lo reconocería entre los muertos, si nunca nadie había visto su cuerpo desnudo, si su vello aun no invadía su piel, y los pechos grandes de Antonia.

domingo, 8 de octubre de 2017

POR VOLUNTAD PROPIA

Por voluntad propia cedió por última vez a aquellas manos agresivas bajo su falda. No podía decir que no le gustara, le hacía sentir dulcemente dominada. Lo malo era después; esa sensación de mediocridad y tristeza; de puta barata a cambio de nada. Eso sí que dolía. Dolía tanto que mientras se limpiaba los restos que escurrían por sus muslos, su alma la abandonaba y quedaba vacía durante horas, y le dolía el pecho y algo ahogaba su garganta, aun con más fuerza que cuando él la sujetaba contra la pared y le pegaba.
Estaba cansada de oler el miedo impregnando su piel horas antes de que entrara por la puerta, y de sentir el espanto agarrándola por dentro cuando ya estaba allí.

Por voluntad propia decidió que había recuperado su voluntad, que se acabó, que se marcharía; a pesar de que nunca había sido amada de otra manera.

sábado, 15 de octubre de 2016

DETERMINACIÓN

Si la llamaban La niño no era por su indeterminación ante la vida. Él lo tenía muy claro. Eran los demás los que se negaban a verlo. Por eso tenía que teñir sus pestañas con rímel y colorear sus labios con gloss suavemente anaranjado. Para no dar demasiadas pistas usaba ropa de chico nada varonil. Su pantalón descansaba perfectamente sobre sus móviles caderas hasta medio muslo y se ampliaban hasta media pierna. La camiseta era de un ceñido blanco inmaculado y su pelo corto estaba meticulosamente estudiado para que un mechón reposara sobre uno de sus ojos, dándole un falso e interesante aspecto de descuido. Su aire de divo a lo Marlene Dietrich era indiscutible.

No comprendía por qué lo llamaban La niño, no le hacía justicia.

sábado, 8 de octubre de 2016

MI APORTACIÓN A "ESCRITORES POR CIUDAD JUAREZ", GRANADA

MISERIA Y MIEDO
Es cierto lo que dicen, que la miseria huele a mierda y a caca de perro. A veces la vida se vuelve miseria en un instante, sin apenas darte cuenta.
Hace meses que vivo con Luis (desde que mamá murió y mi casa se convirtió en un infierno de hombres exigiendo atención). Él hace como que me cuida y dice que me quiere. Antes me daba besos especiados con sabor a canela y jengibre. Pero ahora tengo miedo, y asco. Se trae entre manos asuntos que no llego a entender, o no quiero. Sale a deshoras y vuelve con la ropa revuelta, oliendo a pena negra, a veces manchada de un marrón seco - sospechoso. Yo no pregunto, pero sé que la gente del barrio lo mira con un respeto contenido que atufa a ganar de huir. Sus extrañas salidas siempre coinciden con un horror: la desesperación por la desaparición de Malú,  los llantos por el hallazgo del cuerpo descuartizado de María, la rabia por la violación de aquellas chicas del centro de la ciudad…
No puedo huir; le pertenezco, me lo dejó claro un día que le pedí explicaciones. Desde entonces tengo que soportar cada noche su aliento jadeante y húmedo en mi nuca cuando vuelve de sus correrías, y sus manos manoseando mi cuerpo como si fuera carne de mercado. Luego, cuando no me ve, vomito. En esta ciudad las chicas se sienten más libres en su casa; a mí el miedo me acosa dentro y fuera.

La miseria huele a mierda, pero el miedo suena a cadenas que se arrastran, y a resignación.

lunes, 8 de agosto de 2016

CRITICOS LITERARIOS

El purista crítico literario organizaba y apuntaba, y bebía vino tinto; en copa. Daba consejos sobre bes y  uves y comas mal usadas. Mientras cogía las patatas fritas con las manos y usaba el tenedor para pinchar las gambitas de la sopa, aseguraba, dedo en ristre, que el guion de diálogo no era igual que la raya de separación, y que las formas eran importantes para escribir una frase.

lunes, 18 de abril de 2016

ABANDONAR LA VIDA A BOCADOS


Quiero creer que las cosas terribles siempre ocurren en días tormentosos y tristes, a través de nubes oscuras que acechan como mirlos insidiosos; o en noches frías con jirones de cirros ocultando la luna llena. Pero no es cierto, a veces transcurren con un sol de primavera bajo el que nunca puede pasar nada malo, y las historias, hasta las malas, suceden públicamente sin pudor ni conciencia de pecado.
Así debió ocurrir aquello, sin conciencia de pecado, sin pudor por parte de los justicieros. En mi casa lo contaban como un hecho mágico que adquiría condición mítica de heroicidad, o de justicia divina.
Antonio, mi tío, era un hombre de campo, joven, fuerte y grande, al que llamaban El Penas, por su afición al cante, y cuyo único delito había sido trabajar duro y hablar con demasiada libertad en la posada.
Un día, o una noche quizás, montó contra su voluntad en un camión pegaso, el único de la comarca, confiscado con conductor incluido, para acarrear cuerpos, vivos y muertos.
El camión olía a sangre, a mierda, a vómito y a orines secos escapados de decenas de viajeros anteriores. Llegó a una cuneta cualquiera, una fría y oculta, tras una curva, o tras unos pinos. Bajaron todos. Antonio se resistió a los empujones de su verdugo, Mateano se apodaba, con el que había trabajado codo con codo en más de una ocasión.
─Si me vais a matar, será a la fuerza. No pienso colaborar.
─Hijo de puta, cabrón, ¡baja ya!
Supongo que el miedo movía a los dos. A uno por su cercanía a la muerte, al otro por su lejanía de la vida.
Bajó del camión a patadas, y como un perro acorralado y rabioso mordió a su guardián en la espinilla. Todas sus fuerzas, desde aquel instante hasta el final de sus días quedaron concentradas entre la mandíbula de Antonio y la pierna que lo pateaba.
Luego, un fuerte golpe en la cabeza, un sonido agudo y la oscuridad.

Años después, cuando la contienda y la post contienda habían dejado a unos sin nada y a otros muertos, el guardián de aquella escena aún tenía la herida tierna agarrada a su pierna. Nunca se le curó. Dicen que se enquistó y le provocó una abertura supurante y maloliente que no dejó de recordarle, mientras tuvo consciencia, que un día, alguien a quien conocía, luchó contra él, con uñas y dientes, para no abandonar injustamente esta vida.

14 ABRIL 2016

martes, 5 de enero de 2016

LA MALDICIÓN

Hubiera nacido en los tiempos de la ración, cuando el hambre era mucha y el pan negro, como el miedo. Pero nunca lo hizo porque una bala atravesó el vientre de su madre junto a las paredes blancas del cementerio del pueblo. Puede que ocurriera de noche, o quizás de día; en realidad poca importancia tiene la luz para un ser que nunca llegó a verla.
Fue cerca de las eras donde se trastocó para siempre su deseo de nacer, el lugar donde su madre tantas veces había sudado, espigado y acompañado a su marido en días de calor, soñando con la familia que empezaban a construir.
Había pocos espectadores, el cura y el verdugo, pero un buen puñado de actores; mujeres y hombres dándole la espalda a las paredes encaladas, mirando hacia el oeste, hacia las piedras llenas aún de restos de trigo.
El cura, que se había ganado el Don por el mero hecho de estudiar en el seminario, se llamaba Benjamín. Al Terrible Pérez, que había conseguido su apodo por ser el verdugo más temido del pueblo, nadie le reconocía otro nombre. 
Tras la guerra, Pérez tuvo que exiliarse de su pueblo como el apestado que todo el mundo lo consideraba, e intentó echar raíces en uno y otro sitio, sin mucho éxito. No se sabe muy bien si fue por una incapacidad innata para conservar los trabajos que encontraba o porque allí donde fuera, si había persona que lo conociera, truncaba sus planes y sus relaciones; como aquel negocio que se le fue al garete, cuando ya vivía a 100 km de su casa, y volvió para intentar vender una partida de burros entre sus paisanos. Tuvo que volver con las orejas gachas a su nueva residencia y con las bestias sin vender.
Aquel fusilamiento no fue como cualquier otro. Cuando el párroco vio a la joven mujer preñada, pidió y suplicó al hombre que se iba a encargar de quitarle la vida que, por el amor de dios, la dejara vivir. La mirada del verdugo no dejo lugar a dudas: despectiva, inquisidora, retadora. Sin dejar de mirar al cura a los ojos, extendió su mano firme y disparó un solo tiro sobre el cuerpo de la mujer, cuya doble vida cayó desplomada antes de que nadie fuera capaz, siquiera, de escuchar el sonido del disparo.
El cura, con rabia oculta y miedo contenido, intentando mantener su posición de privilegiado, maldijo de todas las maneras que supo aquel acto, y sin poder evitar que las palabras escaparan de su boca, le dijo:
─Te verás errante por el resto de tus días.

Terrible Pérez murió solo, lejos de los suyos y de la tierra que lo vio nacer, despreciado y maldito; errante.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

LIMPIEZA GENERAL




Había asumido con resignación quitar durante el resto de los días de su vida la mancha de café que aparecía insistentemente sobre la encimera de la cocina tras el desayuno diario. Había decidido recoger cada mañana sin rechistar las gotitas que su chorro de orina desgastado dejaba sobre la tapa del wáter, y quitarle las raspas al salmón antes de servirlo, para que no se atragantara. Incluso había soportado con desconocida paz que le repitiera machaconamente lo bien que hacia su mamá (muerta hace 40 años) la sopa de pimientos. Pero de ninguna manera, bajo ningún concepto estaba dispuesta a limpiar aquella mierda que quedaba esparcida por toda la sala, tras la siesta, a golpe de suspiro: abrazos firmes junto a gente que no era ella; colores intensos de besos y carcajadas; piernas de vértigo con medias de cristal; tugurios de vapores alegres; veranos tibios al desnudo... Se lo había repetido por última vez. Limpiar sus babas del cojín o acomodar la manta del sofá, pase. ¡Pero recoger todos los recuerdos que se le caían mientras dormitaba!, ¡de eso, ni hablar!

martes, 17 de noviembre de 2015

EL DIA DE LA LOTERIA, UNA HISTORIA REAL


Aquel día iba a ser un día cualquiera, pero no lo fue; incluso estuvo a punto de convertirse en el último día de su vida, pero tampoco lo fue.
Ocurrió un lunes, ¡cómo no! Ella siempre había odiado los lunes, incluidos los domingos por la tarde, por lo que ya iban teniendo de lunes.
Había amanecido nublado pero no llovía. En el trayecto al trabajo pensó en lo triste que sería vivir con esta luz otoñal en un pueblo de mil habitantes en un día sin sol.
Durante el desayuno la secretaria del colegio le ofreció comprar lotería de Navidad. Pensó que no (uf… 24 euros, y nunca toca), pero finalmente dijo que sí.  Se decidió por compartirlo con otra compañera, que ya no trabajaba en el centro. Lo firmó por el reverso. Iba a pagarlo pero no lo pagó. No llevaba dinero suficiente.
 ─ La semana que viene te lo pago.
De vuelta a casa todo fue confuso. Abrió los ojos mientras alguien le preguntaba cómo se llamaba, donde trabajaba…Vio la luna delantera del coche destrozada, un árbol empotrado en su puerta y algo que supuso serían los airbags laterales, desplegados.
El que le hablaba era Jesús, la iba a salvar.
Jesús era un vendedor de lotería de la ONCE, pero no era ciego. Era sordo. No era de allí pero solía cubrir aquella zona. La seguía cuando ocurrió el accidente y la socorrió. Siempre adelantaba por aquel tramo, pero ese día no adelantó. Esto lo supo después, durante su estancia en el hospital.
Tras una semana de pesquisas Jesús había conseguido localizarla para saber de su estado. No sabía si sus esfuerzos por reanimarla y atenderla mientras llegaban los sanitarios, habían tenido buen final.
Se saludaron y ella agradeció emocionada sus atenciones.
Mientras hablaban recordó que tenía que llamar urgentemente al colegio para decir que no iba  poder pagarles esta semana la lotería, que se la guardaran, y por supuesto que no podría ir a trabajar.

Luego, pensó decirle al lotero: Dame un cupón, eres Jesús y me has salvado, seguro que me toca. Pero no lo hizo. Se limitó a darle dos besos de despedida cuando dieron por concluida la visita. Aquella podía haber sido una visita de cortesía cualquiera. Pero no lo fue.

domingo, 4 de octubre de 2015

ESCRITORES POR CIUDAD JUÁREZ, MI APORTACIÓN


COMO UNA CHICA

Creo que no quiero ser una chica, las chicas mueren en mi barrio. La Mama Juli dice que ya tengo 12 años, que pronto seré una mujer, que me comporte como una chica, que ande como una chica, que vista como una chica. Pero yo no quiero ser una chica, las chicas no son importantes. Cuando preguntan a mi hermano pequeño como corre una niña, hace gestos ridículos y afectados y todos ríen. ¡Yo no corro así!, ninguna chica corre así; soy muy veloz y gano a casi todos los niños de mi edad. Me gusta saltar y jugar como a él, pero mi hermano no tiene miedo cuando sale a la calle, porque es un chico. Mamá también quiere que me comporte como si fuera mayor, pero me prohíbe los pantalones cortos que tanto me gustan y que las camisetas se peguen a mis pechos (que ya no puedo ocultar por más ancha que me ponga la ropa); dice que los hombres cogen a las chicas con caderas redondas y camisas ajustadas, pero no es cierto, Marita era delgada y solo usaba vestidos negros de mujer anciana cerrados hasta el cuello. Nadie dijo nada, nadie preguntó nada, pero sabemos que no volverá porque su madre llora y llora todo el día, aunque sin duelo, sin tumba, sin denuncia. Solo era una mujer.

sábado, 19 de septiembre de 2015

5º ENCUENTRO DE ESCRITORES "CIUDAD JUAREZ", GRANADA




                                                                                                                   Ester Nievas Molina.

domingo, 12 de julio de 2015

MIS RESPETOS, MAESTRO KRAHE

MARIETA

Y yo que fui a rondarle 
la otra noche a Marieta 
la bella, la traidora 
había ido a escuchar a Alfredo Krahus 

Y yo con mi canción 
como un gilipollas, madre 
Y yo con mi canción 
como un gilipollas 

Y entré con el salero 
al comedor de Marieta 
la bella, la traidora 
ya estaba acabando el flan 

Y yo allí con la sal 
como un gilipollas, madre 
Y yo allí con la sal 
como un gilipollas. 

Y cuando por su santo 
le compré una bicicleta 
la bella, la traidora 
ya se había agenciado un Rolls. 

Pegado al manillar 
hice el gilipollas, madre 
pegado al manillar 
hice el gilipollas. 

Y le llevé una orquídia 
a nuestra cita en la Glorieta 
la bella se besaba con un chulo 
y apoyada en un farol 

Y yo allí con mi flor 
como un gilipollas, madre 
y yo allí con mi flor 
como un gilipollas. 

Y cuando ya por fin 
fui a degollar a Marieta 
la bella, la traidora 
de un soponcio 
se me había muerto ya.  

Y yo con mi puñal 
como un gilipollas, madre 
y yo con mi puñal 
como un gilipollas. 

Y lúgubre corrí 
al funeral de Marieta 
A la bella, la traidora 
le dio por resucitar. 

Y yo con mi corona 
hice el gilipollas, madre 
y yo con mi corona 
hice el gilipollas. 



La primera canción de Javier Krahe que escuché.



domingo, 13 de abril de 2014

BILLETES y SILENCIOS

Cuando yo nací ya no había guerra, pero los silencios la rememoraban cotidianamente y apuntaban a vivencias prohibidas y a recuerdos  vergonzosos. En mi familia había muchos silencios, aunque hasta que fui mayor no entendí si se referían a unas o a otros. Aprendí a los 7 años que fuera lo que fuera, mi familia y yo  pertenecíamos al grupo de los perdedores. No me gustaba el colegio, prefería correr por las calles tras los gatos y tumbarme al sol cuando me cansaba, beber agua de la fuente y esconderme  de esquina en esquina hasta que era la hora de regresar a casa.
Eran los primeros días de la primavera, el calor del sol empezaba a ser placentero y las nuevas horas de sol me parecían un postre añadido a una buena comida.  Mi casa estaba viva, era un rio de gente que iba y venía, todos ocupados; mis padres, mis abuelos, mis tíos, mis hermanas y hermanos y, ocasionalmente, alguna vecina desocupada.  Adoraba esos momentos que me permitían hurgar por los rincones, requisar algo goloso de la alacena, esconderme en el dormitorio de mis padres mientras mordisqueaba un trozo de galleta. Aquel día era una de canela, crujiente y aromática. Mientras que la  saboreaba despacio, apretándola contra el paladar, y toqueteaba los cajones de la cómoda, encontré una caja metálica, de lata, con sugerentes dibujos de colores. Estaba oculta tras las sábanas bordadas que  mi madre nunca usó y que guardaba como un tesoro, sólo para mirarlas de vez en cuando. No pude resistir la tentación de sacarla y abrirla. ¡En mi vida había visto semejante cantidad de billetes juntos!, un montón que no podía abarcar con mis dos manos juntas.  Dos o tres me bastarían para comprarme un trompo,  regaliz,  e ir al cine el viernes por la tarde a ver una película del oeste, e invitar a Pablo, y a Carlos. ¡Era rico!
Al instante siguiente y de repente, mientras mostraba aquel tesoro a mis amigos, la calle se convirtió en un sitio peligroso y adverso. La fuerza de las pérdidas, de las humillaciones, de las rabias, cayeron sobre mí a través de los ojos de espanto de mi familia, que salió a socorrerme con miedo y con silencios, muchos silencios. Me sentí aterrorizado cuando mi abuelo arrancó bruscamente los billetes de mi mano y se los guardó con rabia en el bolsillo, y sin mediar palabra tiró urgentemente de mí y nos encerró a todos en la casa, con cerrojo y todo, a pleno  día. No hubo palabras, solo miradas y silencios cada vez más grandes, y el manojo de billetes en la chimenea, ardiendo apresuradamente y quemando la imagen de una mujer  togada junto a un letrero que rezaba “República Española, Certificado de plata, 10 pesetas, Emisión de 1935”.

                                                          PARA MI AMIGA JUANI, A LA QUE LE NACE MAÑANA SU HIJA JULIA.

sábado, 28 de septiembre de 2013

NACER MUJER


Irma residía bajo la colina. Hacía tiempo que había dejado de sentir miedo, ese  miedo hiriente, ofensivo y grueso, casi asfixiante, atrapado entre los poros de su piel. Ya no era necesario. Ya no temía que unas manos invisibles segaran su vida en medio de un luminoso día de cielo azul y aroma a sal. Ni le asustaba volver a casa y descubrir la violenta ausencia de su prima Neyra o de Juana, su mejor amiga. Ya no le preocupaba que el miedo ocupara todo el espacio de su vida. Desde allí, desde lo más alto de la colina, una cruz rosa chicle, sin nombre, gritaba tristemente orgullosa lo que ella no había podido decir en vida: ¡Soy una mujer de Ciudad Juárez!

 

domingo, 15 de septiembre de 2013

ESCRITORES POR CIUDAD JUAREZ - GRANADA


                  

El acto "Escritores por Ciudad Juarez" en Granada consistirá en la lectura del manifiesto unitario y la lectura de poemas y otros textos por parte de l@s participantes. Se celebrará simultáneamente en numerosas ciudades y poblaciones del mundo y tiene por objeto mostrar la solidaridad con las mujeres víctimas de la violencia que asola esa región mexicana (conocido internacionalmente como feminicidio ) y por extensión con el resto del planeta. Levantar la voz contra el silencio y la indiferencia cómplice. 
Será el sábado 28 de Septiembre a las 7 de la tarde en el local de la Asociación de Vecinos del Zaidín en C/ Pintor Manuel Maldonanado s/n. Centro Cívico.
La lista de participantes quedará abierta hasta el lunes 23.

viernes, 12 de abril de 2013

YA ES 14 DE ABRIL, OTRA VEZ

Mi abuelo era republicano, pero él no lo sabía. No conoció a Juan Carlos, ni a Felipe. Estaba convencido de dos cosas: que los reyes comían diariamente pollo asado y que los ministros de la iglesia eran caprichosos y mentirosos.  Recostado en su gran sillón con respaldo de anea,  solía decir mirando a ningún sitio:
-          Ni dios ni rey.
Después, rectificaba, y haciendo un gesto  con el que señalaba desde su cabeza hacia arriba, con su mano huesuda en alto, decía:
-          Dios, de aquí para arriba.